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¡Joder, corre!

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Se quedó ligeramente asombrado por la expresión que la morena compuso en su delicado rostro. ¿Tan malo era? ¿No le habían escogido al final en ese puesto? ¿O le habían escogido para hacerle chico de cargas como en un pasado le hicieron a él? ¿Qué pasaba? Antes de poder preguntarle, ella formó nuevamente una sonrisa en el rostro, como si sus preocupaciones anteriores no hubieran tenido relación ninguna con el tema que sacó a relucir Derion. Le escuchó, quedándose con una cara de total confusión.—¿Nada de nada?—le preguntó, sin poder creer que eso fuera cierto. Pero la cosa aparentaba a que ninguno de los dos hablaba de sus respectivos oficios, ¿Por qué? Y por primera vez, se preguntó, qué era a lo que Lilith se dedicaba. Una ligera idea cruzó su mente, cual relámpago, debido a la situación vivida escasos minutos antes. Pero la desechó, la desechó porque no se podía adjudicar a la gente tan pronto sin conocer. Y él no la conocía, era cierto, pero le entraban ganas de hacerlo. Por razones desconocidas, pero las ganas existían realmente.—Ya veo.—se limitó a contestar, aún no muy seguro de aquella suposición. “Eden es un buen chico. Hace lo que sea por vosotros” esas palabras le hicieron sonreír de forma orgullosa. Rascó el puente de su nariz, y movió la cabeza hacia un lado de la acera, todavía persistiendo con la sonrisa en su rostro.—Es un idiota, como yo. O puede que más. Pero supongo que eso viene en la sangre.—sólo esperaba que en un futuro pudieran alejarse de todo esto. Mudarse a cualquier otro lugar, a otro estado más tranquilo. Pero es como la mayoría decían: Naces en el barrio y mueres en él. Ley de vida. Vale que tuviera la casa un poco desordenada, pero tampoco pasaba nada por ello. Si estaba afuera todo el día, luego era normal que la pereza le embargarse. Ya le estaba diciendo que la suya era cien mil veces peor y seguramente se horrorizaría de verla y daría media vuelta si acaso algún día ella llegaba a pasarse por allí. Quitando aquella tontería, realmente le agradaba su vivienda. Le parecía cálida, hogaril, cosa un tanto extraña a sabiendas de que esa era la primera vez que ponía un pie en el recinto. Tenía la sensación de que Lilith no deseaba su marcha. Y, en fin, a él tampoco le hacía mucha gracia tener que tomar el extenso camino de vuelta hasta la casita. Pero no iba a quedarse en su domicilio por muchas invitaciones amistosas que le ofreciera, ni siquiera aunque existiera una fina confianza al ser amiga de su hermano, porque sentía cierta… vergüenza. Vergüenza que no lograba explicar de dónde diablos salía, porque si hubiera sido otra chavala… puede que no lo hubiese importado. O sí. Bah, era un lío. Sola, vivía sola. Oh, bueno, al menos de esta manera se ahorraba peleas con un novio o ligue imaginario e inexistente. Sin embargo, tras escuchar el siguiente comentario, tragó saliva mostrándose un poco incómodo—Ah… vaya.—fue lo mejor que consiguió soltar de su boca, después de estar unos pocos minutos cavilando. Lo gracioso era el hecho de pensar antes en si vivía con su pareja que con sus propios familiares.—Es lo que tú dices, al menos tuvo la decencia de hacer eso.—aceptó a decir, preguntándose si el abandono se habría dado muchos años atrás, puesto que sus palabras daban a entender que sí. Derion quedó sentado en el sofá, luchando consigo mismo para no dormirse ahí mismo y empezar a roncar como un oso en estado de hibernación. Se dio un pellizco en el brazo, para no dejar que sus ojos se cayeran de sus cuencas oculares hasta el suelo y rodasen cuales canicas de distintos logotipos. Trató de sentarse erguido, intentando tener un mínimo de educación a la anfitriona de la casa, cuando se puso a su lado, sonriéndole a la vez con suavidad. La cosa se le hizo algo… graciosa. Nunca había tenido experiencias de ese tipo con chicas, ni siquiera en la secundaria. Porque, perdonad que os diga, pero que la enfermera casi barbuda del instituto os cure con una cara de orto y de chupar un limón medio pasado; no cuenta en absoluto en la categoría de “chica bonita”. O al menos, en la suya. Y era una bruta pasando las gasas y desinfectando las heridas, principalmente se le consideraba a ella la única causante de que te salieran ronchas días después en la herida. No le miró cuando le dijo lo de estar acostumbrado acerca de los golpes. Era tontería, en verdad, explicar una cosa tan clara. Viviendo donde vivían, y con su reputación… no era cosa para extrañarse. Mantuvo su boca pegada con desgana, aguantando el picor del desinfectante sin demasiada ilusión. Esperaba que pudiese terminar pronto de limpiarle los cortes en su piel, porque realmente se le asemejaba a un suplicio. Alzó su cabeza, confundido de que le llamase. Quizá ella se preocupaba por esas caras tan explicitas de molestia que mostraba a la ligera.—¿Sí?—lo que no entendió, fue el tacto de su diminuta mano para alzar su mentón y que sus ojos quedasen casi a la misma altura. Y qué ojos tenía. Tan azules, tan limpios. Ni siquiera los suyos eran de esa forma. Era como adentrarte al cielo en pasos gigantescos. Entreabrió su boca, aún sin saber qué exactamente decir, pero antes de que él pudiese soltar cualquier tontería; ella le acalló con sus propios labios. Los ojos de Derion exhibieron sorpresa e impresión, porque de todo lo que podía esperarse; un beso no era precisamente lo primero rodando en su mente. A ver, no era como si lo estuvieran besando por primera vez en su vida y fuera un chico mojigato, ni mucho menos. Pero ninguna de aquellas múltiples caricias que recibió con la boca, había sido igual a esta. Tan plácida y grata. Y eso, lo descolocó. Y al mismo tiempo, le asustó. Pese a que la morena presionaba con una suavidad de ensueño sus tersos labios, Derion se vio obligado, algo regañadientes, a pararla. Alzó su mano herida, dejando que la gasa que tenía encima cayese al suelo y la otra mano buena, apartándola con cuidado y sin perder contacto de sus ojos.—Lilith, para, por favor.—su voz sonó débil, fatigosa.—No tienes porqué… hacer eso.—empezó, suspirando con queda.—Sé que no estoy en mi mejor estado, desde luego, pero aunque de pena… no hace falta que me subas el ánimo, de esta manera.—concluyó, con cierta timidez. Porque justamente sintió ese beso demasiado maravilloso para ser cierto. Que era dado por pena. Una “recompensa” a sus labores de buen ciudadano por un día. Y aunque él disfrutaba como el que más con la unión de su boca contra la de otra persona, no quería dejarse cautivar por ello, por la compasión.

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Debió notarse el horror en su cara, pues el chico la miró con curiosidad y duda, y ella se esforzó por sonreír de nuevo, ocultando lo que pasaba con el pequeño Eden. —Nada de nada. —se obligó a mentir Lilith. Con el final, diciendo que Eden era un buen chico, cosa cierta, parece que lo ganó, ella sólo quería excusarlo por si insistía y no aguantaba más y lo decía, cosa que dudaba, pero toda posibilidad cabía. —¿Ves? Eres un héroe, los héroes son idiotas. —rió un poco, como si la timidez le hubiera subido de golpe al cuerpo. —La sangre es poderosa, seguramente tengáis los mismos genes heroicos, cada uno a su manera. —Eden prostituyéndose para llevar pan y agua a casa, y él salvando a desconocidos de las garras de hombres con complejo de bestia. Ambos héroes, a su manera, pero héroes. Una vez en su casa la vergüenza la embargó al ver la casa, ¿tan mal la tenía siempre o esa era su impresión al traer a alguien a ella? Como fuere, debía arreglarla para la próxima vez. ¿La próxima vez? ¿En qué pensaba que ya creía que habría una próxima vez? Directamente, no quería que se fuera, a pesar de que así no habría próxima vez. Porque era peligroso estar por la calle a esas horas y todavía más, obviamente, más tarde. Porque era peligroso rondar cuando un hombre los había atacado. Era peligroso y se quedaría allí. Claro que no vivía con nadie, no se permitía enamorarse ni crear un vínculo tan especial como para compartir piso, no pensaba hacerlo o corría riesgo que su carrera como puta… ¿carrera? ¿En qué pensaba? ¿Qué valía para algo? Y una mierda, ser puta no era una carrera, ser puta, y además ilegal, era una mierda, pero lo mejor era fingir creerse que te gustaba y querer pasarlo lo mejor posible. No podía hacer otra cosa, sólo ser una puta territorial que odiaba a las otras putas por quitarle lo que le daba el sustento. Claro que le gustaba que le pagaran por sexo, pero no que la trataran como a una puta, ser puta no le importaba, siempre y cuando no se lo recordaran a cada momento. Su madre, su madre que le había dejado la casa. Su madre que no había querido llevársela igual que Lilith no había querido irse, su madre que eligió a un hombre con dinero antes de a su propia hija. Su madre, su madre que la había abandonado hacía escasos dos años y todavía la echaba de menos las noches de tormenta, en las que dormían juntos a regañadientes de la madre, nunca le habían gustado las tormentas. Recordó a su padre, él sí que la cuidaba, él sí que la quería, y murió por meterse en una pelea callejera y querer separarlos. Allí su vida se fue a pique, todavía guardaba su ropa en la antigua habitación de sus padres, que ahora usaba como trastero a pesar de tener la cama de matrimonio allí en el centro, todo lo tenía lleno de cajas y trastos. Más que el resto de la casa. Le iba a curar la herida, y eso le recordó a las película. Allí era cuando el chico besaba a la chica, cuando ella iba a curarle la herida, pero no daba la ocasión, no era una película, ni ella la nerd virginal que se enamoraba del capitán del equipo de fútbol. Eso era la vida real, y ella una barriobajera de mierda, sí, eso era. Pero no pudo evitarlo y lo besó ella. Un beso tierno, cálido, lleno de cariño… que él no siguió. No le estaba siguiendo el beso, y eso le dolía más que cuando un bruto le daba con la fusta. Y la paró, la estaba parando, ¿por qué hacía eso? ¿No le gustaba? ¿Tenía algo malo? Claro que lo tenía, tenía millón de defectos, pero nunca le habían negado un beso. Y eso la hundió, ella sólo quería ser querida por un instante, un beso que nadie fuera a pagar. ¿Por pena? ¿Ese chico era tonto? Se levantó de golpe, soltándole el mentón y negándose a mirarlo, recogiendo ropa y cosas, para mantener las manos ocupadas y que no le viera la cara, los ojos comenzaban a inundársele. No era pena, y él debía saberlo, había sido necesidad. Sólo que él no quería besarla. —Si no quieres besarme me lo dices con total sinceridad. —le contestó, recogiendo con furia unas medias. Claro, como era puta todo lo pagaba con su cuerpo, como era puta lo besaba por pena y agradecimiento, como era puta se lo estaba pensando en llevar a la cama esa misma noche, porque era un puta, una perra, una asquerosa zorra. —Cúrate tú, yo tengo que arreglar la sala. —prosiguió, recogiendo un cartón de pizza del suelo. Ahora quería que se fuera, le daba igual los peligros, que ridículo más grande, qué mal se sentía.

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Que les jodan.

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Sonrío más para sí cuando escuchó el sibildo que la morena le dedicó.—Yo sé que quieres un poco de esto, mami. Y sabes que lo puedes tener con un solo chasquido de dedos—y no le importaría, qué va. Lilith tenía una buena reputación por algo, y la mayoría de los clientes solían repetir porque quedaban prendados con sus técnicas. En especial a los que le iba el rollo masoquista. Frunció el ceño.—Eh, Lilio es un apodo chachi, no sé porqué te molesta.—¡Yo qué sé! La cuestión es que deberá recibir una buena cantidad para que te lo esté repitiendo hasta en la sopa—y se echó a reír, obviamente diciéndolo en broma. A veces no tenía ni dinero para comprar una puta botella de agua, iba a tener para dárselo a un memo que sólo repitiese cuatro gilipolleces. Y ahora se estaba cabreando, porque no había dinero. Y él lo quería. Cierto era que ir en bolas por la calle no le suponía ni trabajo ni reparo alguno, pero cuando apostaba lo hacía bien en serio.—Me cago… ¡pfffff!—sí, se cagaba en una pedorreta. Muy lógico, ah.—Yo también estoy fatal de pasta, pero estoy seguro que si Eden hubiera hecho la apuesta, yo hubiese pagado como todos aunque eso significase dejarme el culo como el hoyo de una dilatación.—pronunció con bastante cabreo. No, no era justo. Para nada. Ya se había ilusionado con comprarle a Pau un bonito vestido para la graduación de su escuela en vez de tener que verla llevando harapos. Bufó de mala gana ante la otra negración. Genial, ni un puto polvo podía pedir.—Chúpamela.—contestó como opción definitiva.—No te la podré meter ahí abajo, pero no creo que específicase algo sobre el sexo oral.—le reprendió.

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Chascó los dedos a modo de broma, esperando que se abalanzara a ella o cualquier cosa por el estilo típica de Mickey. —Lilio es un apodo horrible, pareces un chino vendiendo flores. —se quejó. —¿Quiele lilio? Tle elos.—prosiguió, imitando al chino de las rosas. No pagaría a nadie para que lo dijera, pero quejarse por quejarse era uno de los hobbies favoritos de Lilith, sobre todo con la gente con la que tenía más confianza. Le daba rabia, ella lo sabía, lo estaba cabreando porque no tenía dinero pero, ¿qué iba a hacer? ¿Darle lo poco que tenía ahorrado? Tenía escasos 300 dólares que ya tenía con qué utilizarlos, no podía darle 250 al gilipollas de Mickey por hacer el gilipollas. 300 dólares que estaba ahorrando para comprar una nevera nueva, porque la que tenía la comida que conseguía la echaba a perder y no tenía arreglo, y él le iba a quitar lo poco que tenía para cualquier gilipollez. Y ahora se cagaba en a saber qué, seguramente en ella. Y claro que ella quería darle el dinero que pedía, pero no podía tirarlo, no tenía apenas para ella como para dárselo a él. —Mickey no puedo. —volvió a negarse mientras este, por fin, buscaba una alternativa. Y le dolió, la estaba tratando como una puta. Uno de sus mejores amigos, una de las personas a las que apreciaba más que a su madre la trataba como la puta cualquiera que con ellos se esforzaba en olvidar que era. Los ojos se le aguaron un poco, destrozándole parte de la autoestima, y estalló. —¡Eres un gilipollas! ¿Quieres tu puto dinero? Vamos a mi casa. ¡Pero como termine en el hospital por intoxicación ni se te ocurra visitarme! —gritó, pensando en que tendría que alimentarse de comida pasada si se lo terminaba dando.

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La castaña no parecía haberse percatado de la presencia del pelirrojo hasta que este había llegado a su lado, ya que la bandeja que sujetaba con sus manos caía al suelo. La chica pudo salvar la bandeja, aunque las tazas no tuvieron la misma suerte. Tres de ellas se hicieron pedazos bajo los pies de ambos. Por suerte ninguno de los fragmentos calló sobre sus pies ni los de la ojiazul. Sonrió ante la explicación de la castaña. —¿Para eso no están las escorts de lujo? —Preguntó. Los ricos que querían una buena acompañante con la que fardar en fiestas de chica solían recurrir a ellas, no iban a la zona sur a buscar a una prostituta y hacerla pasar por sofisticada y elegante, no se molestaban tanto. 

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Cierto, estaban las escorts. Entonces, ¿por qué ella? No tenía un encanto especial para que la prefiriera ante chicas que fueran recatadas y coquetas de por sí. ¿Por qué la había escogido a ella pudiendo ser otra? Tal vez él iba con sus compañeros de putas y se las conocían a todas, las de lujo y las de no, y tuvo que ir al sur en busca de una. —Quién sabe, quizás soy más barata que ellas. Y se ha aprovechado. —contestó con simpleza, encogiéndose de hombros. —O quién sabe, los ricos son muy raros, él sabrá. Mientras me pague que haga lo que quiera. —contestó tranquilamente. —¿Y tú has tenido algún trabajito importante?

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Que les jodan.

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—¡Tu misma lo dijiste! ¡Coñazo! Eso es lo que necesito precisamente ahora. Un buen coñito.—joder que si lo necesitaba. Con las tías se encontraba a escasez de pan y agua. Y no es que con los tíos pudiera lucirse… mucho.—Últimamente no he ligado nada, pero nada. Y eso es demasiado raro, porque, mírame.—se dio una vuelta, moviendo en un segundo las nalgas con fuerza.—¿Cómo pueden resistirse a un bombón ruso como yo?—negó con la cabea.—Eres Lilio para mí y así te quedarás de por vida. Incluso aunque yo me muera, pagaré especialmente a alguien para que te lo siga diciendo. Ante su cara de sorpresa, el muchacho frunció el ceño de mala gana.—¿No hay dinero? Mis cojones ¿Cómo que no? Apostatéis dinero si me atrevía a hacerlo, ahora no os podéis rajar.—eso sí que no le gustaba, las promesas que se hacían y luego se querían olvidar.—¿Que cómo me vas a pagar? ¿Tú cómo lo ves? ¿Vamos a la esquina esa de siempre o a las baños públicos de St. Lewis?

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Lo miró de arriba a abajo y silbó cuando movió el trasero. —Pues no lo sé, ratoncito, a mí ya me has puesto a cien. —bromeó, aunque el chico no estaba mal, nada mal. Resopló cuando no dio su brazo a torcer, la seguiría llamando Lilio a pesar de que era un apodo horrible. —¿Pagarle? ¿Con qué dinero? —alzó las cejas, no tenía apenas dinero para él no tendría para pagar a nadie, aunque sabía que lo decía en broma. Estaban hablando tan tranquilos que cualquiera diría que el chico se encontraba tan vestido como ella, que llevaba ropa decente y no la que usaba para que la gente supiera que efectivamente era una puta de tres al cuarto. No, no apostaron dinero. Al menos ella esperó que lo que pidiera no fuera dinero, fuera alguna tontería vergonzosa como lo que dijeron ellos. En realidad, no esperaba que saliera desnudo a la calle. —Apostamos lo que quisieras, pero al menos yo esperaba que fueras más comprensivos, todos estamos fatal de pasta. —asintió, como si esuvieran los demás allí y lo hubiera dicho otra persona y ella sólo lo corroborara. Bajó la cabeza, arrepentida de haber aceptado al hombre no acostarse con nadie, no podía. No podía. —No puedo, Mickey. Un cliente me va a pagar para no acostarme con nadie más que él.

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¡Joder, corre!

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Lo que menos quería Derion, era que la muchacha tuviera que preocuparse por su persona. Él se había metido en el embrollo porque lo quiso. Porque no deseaba que un gilipollas la pegase. Nadie se merecía eso. Y desde luego, le hubiera sabido mal a la mañana siguiente no haber actuado al respeto. Sobrevivir en el barrio era dificultoso, muchos no lo conseguían. Varia gente encontraba el consuelo de irse de esta vida a partir del suicidio. Su madre lo trató de marcharse, cortándose las venas y tomando barbitúricos hasta las cejas. Pero él la obligó a vomitar, a deshacerse de la carga en su estómago. Los mellizos eran demasiado pequeños y por suerte, jamás pronunciaron palabra acerca del incidente. Pero cuando Derion se acordaba de ese retazo de amargura, simplemente quería cerrar los ojos y tratar de evaporar ese mal sustituyéndolo por otro recuerdo más o menos pasable. Procuró no mirar su mano, evitándose el componer una mueca de aversión a su propia persona. Esperaba que no se le quedase una cicatriz fea por culpa de las mordidas. Miró a la muchacha, que le sonreía ante el comentario de conseguir para él un spray parecido al suyo. Se alegró de que Eden la tuviese como amiga. Lucía agradable, una persona normal y corriente, con problemas como cualquier otro. Ella había tenido al decencia de no dejarle con el grandullón, queriendo devolverle el favor y hasta diciéndole que ella misma la curaría. Otra persona habría silbado y se hubiera hecho la mongis, pero ella no. Y eso lo apreció. Mas tampoco debía abusar de esa hospitalidad. Acordándose de Eden, una duda le asaltó.—Quizá tú puedas aclararme una cosa.—comenzó él, lamiendo sus labios y mirando por unos instantes a la luna, con forma de cuarto menguante.—¿Eden consiguió el trabajo al final en el taller de reparaciones?—sabía que su hermano iba en busca de empleo por aquí y por allá. A Callie le comentó eso, pero a él ni siquiera se lo dijo, y eso le molestaba.—No ha tenido la decencia ni tan siquiera de anunciármelo, y eso me repatea.—su rostro se tornó en puro malestar. No quería que se metiera en más líos y dado su carácter, no era nada extraño de que ocurriese.—Por eso pensé que, en fin, como tenéis confianza… Sé que es una tontería, pero me interesa que esa zanahoria escoja cosas que pueda hacer bien. No quiero que se sobresfuerce en puestos que no le vayan. Y como siempre viene hecho un moñigo, tsé.—ladeó su rostro, asintiendo a la vez que sonreía sin mostrar los dientes.—Eso mismo.—afortunadamente, y tal y como ella había dicho, su casa estaba muy cerca de su posición. Encontró el interruptor de la luz, enseñando una porción desordenada de ropa, libros, medias… pero tampoco era para tanto. Tal y como le dijo, su casa era un nido mucho peor pero él procuraba que tuviera un aspecto digno y aseado.—De hecho, es una casa muy bonita.—aludió mirando como la pintura seguía impecable y ojeó unos pocos cuadros con fotos de personas completamente desconocidas para él.—¿Vives sola?—quería asegurarse, ya que si tenía “amigo” u “novio”, no pensaba que le hiciese mucha gracia encontrárselo ahí en medio. O cualquier otro familiar. Consiguió sentarse en el sofá, echando por unos momentos la cabeza en el respaldo. No le importaría quedarse frito ahí mismo… porque sus ojos ya se le estaban cayendo del cansancio. Los cerró por un momento, descansando los quince segundos que tardó la muchacha en encontrar lo que necesitaba del botiquín y retornar a su lado. Se hizo a un lado, dejándole espacio ya que el sofá tampoco era muy ancho. Le sonrío, con cierta pesadez.—Estoy acostumbrado.—admitió, ya que todavía seguía teniendo encontronazos con los antiguos miembros de la banda. Ellos se olían que él era un vendido. Chirrió con los dientes al sentir de pronto el alcohol mojando su piel. La herida era grande, por lo que el escozor se multiplicaba al doble de lo habituado. No sabía si lucía como un nenica, o si acaso tenía que poner la mandíbula firme para dejarle claro que al ser un tipo “adulto” no le importaba. Pues tres huevos. Sí le molestaba, y veía una tontería el esconderlo.

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Su rostro se descompuso por unos instantes cuando le preguntó por el trabajo de su hermano, no podía decírselo, no podía. Por lo que se encogió de hombros y sonrió, incapaz de pronunciar palabra. ¿Qué historia le había contado Eden y por qué ella se metía en sus marrones? Terrible. —Ni idea, él no me cuenta nada de su trabajo a mí tampoco. Ninguno hablamos de nuestro trabajo, es lo mejor. Así, si hacemos algo malo no nos involucramos. —mintió, por fin. —Si vuelve mal a casa traerá bastante dinero, supongo. Eso es lo que debería importar, Eden es un buen chico. Hace lo que sea por vosotros. —intentó excusarle, por si algún día descubría en qué trabajaba. La próxima vez arreglaría la habitación, no podía dejarla allí si llevaba gente a su casa, aunque como nunca había llevado a nadie… aquello era nuevo y extraño para ella. En cuanto le curara la mano arreglaría un poco la habitación, no dejaría que se quedara sólo después de lo que había ocurrido, tal vez cuando volviera para su casa se topara con el tipo que lo podría reconocer y atacar de nuevo, y el hombre era lo suficientemente grandullón para poder con él, además si tenía la mano inútil todavía le sería más fácil. Cuando le preguntó si vivía sola asintió con la cabeza, pensando en su madre. Esa mujer que la había abandonado por una vida mejor, sin importarle como fuera la de su propia hija, esa mujer que le había regalado un paquete de cigarrillos a los trece años para que fumara tras el sexo. —Mi madre se largó cuando consiguió algo mejor, por lo menos, me dejó la casa. —eso era un punto a su favor, podría haberla dejado tirada, podría haber vendido la casa y abandonarla todavía más a su suerte. Agua oxigenada, gasas y algodón, lo tenía todo por suerte, aunque le sabía mal porque le escocería al pobre chico. Se sentó junto a él y sonrió, aquella escena era rara, se acercaba a pocos chicos de forma preocupada y cariñosa, y a él apenas lo conocía, pero era hermano de Eden, y eso ya ganaba puntos a su favor. Estaba acostumbrado, ¿por qué? ¿Se hería a menudo? ¿Se hacía daño sin querer o se lo hacían? ¿Ayudaba a gente a menudo y terminaba él mal? Pobrecito… Como fuere, le hecho el agua oxigenada y lo miró a los ojos. Le dolía, le escocía, se le notaba. Y no era difícil, pues no lo ocultaba. —Eh, Derion. —lo llamó, alzándole el mentón con una mano mientras con la otra seguía limpiándole la herida, a pesar de no verla y no parar de limpiar una y otra vez el mismo lado. —No pienses en tu mano. Piensa… en esto. —y tras decir eso, se acercó a él y lo besó. Un beso distinto a los que estaba acostumbrada, tierno, agradecido, cariñoso. Lo había hecho porque quería hacerlo pero… ¿por qué había querido hacerlo esa vez?

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¡Joder, corre!

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En otra situación, sí que no lo hubiese importado pedir algo a cambio después de haberse enfrentado con aquel gradullón. Porque encima su mano estaba hecha una porquería, y seguramente eso le pasaría factura de forma muy grave a la hora de intentar agenciarse unas cuantas carteras de guiris despistados. Quiso probar una cosa. Pretendió extenderla en su plenitud, mover sus dedos hasta quedar completamente estirados mas el repentino tirón que notó lo detuvo a la mitad. Una mueca de dolor crispó su rostro y lo deformó. Ahora que prestaba atención con mayor tranquilidad, respirando ya a un ritmo acompasado, se le asemejaba como un simple montículo de carne revuelta pasada de fecha, muy amarillenta y llena de suciedad. Le daba pena que la muchacha le hubiese cogido precisamente por la mano mala, puesto que la otra la tenía limpia y reluciente al igual que una patena. Pero consideraba que tanto la morena como él estaban en paz. Porque si no hubiese sido por el bendito spray que cargaba encima quizás aquel tipo le estaría siguiendo la matraca de lo lindo.—Voy a tener que agenciarme uno de esos.—obviamente se refería al spray.—Va a ser la solución más sencilla para salir corriendo a todas partes.—y era en efecto. Habían escapado, le dieron esquinazo y por suerte la cosa no pasó a mayores. Al final aceptó, debido a la insistencia de la chica y la creciente necesidad que tenía de llamar a su hogar para comprobar si todo seguía en orden, ir a su casa. Trataría de no molestarle mucho. Sería llamar, limpiarse la herida, decirle que podía pasarse las veces que quisiera por su casa a visitar a Eden y luego recorrer el mismo trayecto de siempre hasta las profundidades del barrio. En referencia a lo del héroe, al ver su expresión, el sonrío con cierta vergüenza.—Cosas de mi hermana. Siempre tuvo una mente muy fantástica de niña.—le respondió aunque ella en ningún momento le hubiese cuestionado eso; pero lo cierto es que él jamás se sentía como un héroe. Ni ahora, ni antes. Siendo pequeño y cargando con el continuo cuidado de los mellizos, su madre y la casa, no era razón válida para considerarle “héroe” sino, más bien, un buen hermano. Y aún a veces él podía llegar a ser alguien realmente insoportable. Pero no. Resularía absurdo decirse a sí mismo que era un Robin Hood callejero porque las cosas que robaba solamente las compartía con su familia, y a grandes excepciones con un amigo muy cercano. La realidad era muy cruda, y ellos (sobre todo ellos) no debían permitir en ningún momento la escasez de alimento en su hogar.—Me alegro. Pero no te sobrepases mucho, ya que ese es el único beneficio que me gusta y que lo tengo cedido por la sangre.—bromeó, hacer rabiar a Eden era algo habitual. Realmente, ambos hermanos lo hacían a viceversa.  Y al final terminaban echando pestes el uno del otro y dando portazos al tuntún, sin preocuparse de la debilidad de la madera.—Como todos.—la calle era un lugar, al menos en su barrio, donde se llegaban a pasar más horas que en tu propio domicilio. Lilith. Ese era su nombre. Y no supo por qué pero pensó que le pegaba bastante bien—Derion.—corrigió, en voz suave, a sus espaldas mientras esperaba que abriese la puerta. “Es bastante delgada” fue lo que pensó tras comprobar la estrechez de sus hombros. La puerta se abrió, y él pasó al recibidor, tanteando con una mano la luz del interruptor. Él negó con la cabeza.—No te preocupes, esto no es nada comparado con mi salita de estar. Más bien, parece una jungla.—rodó los ojos al recordar que, precisamente, a Eden le tocaba la limpieza de esa parte pero seguramente se estaría haciendo el tonto. No, al contrario, ya lo era. Le explicó donde se situaba el baño.—Ah, vale. No, muchas gracias. Estoy bien tal y como estoy.—le aseguró, pese a sentir sus labios un poco secos. Movió la cabeza en señal de afirmación y se sentó en el mueble, mirando con curiosidad las partes del caserón.

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Cuando vio su cara de dolor casi se abalanzó hacia él, tratando de ayudar sin saber bien qué hacer. No quería que le doliera la mano, se sentía culpable porque había sido ella la que había provocado al hombre, tratando de robarle la cartera, pero ella no trabajaba para que luego se negaran a pagarle. La mano se le veía horrible, pero creía que lavándola y echándole un poco de alcohol serviría, si se le ponía peor, lo acompañaría ella misma a urgencias. Sonrió cuando le habló refiriéndose al spray, la verdad, era útil, aunque hasta el momento sólo lo había utilizado dos veces y la primera fue contra sí misma por pura curiosidad, estuvo días sin salir de casa por vergüenza de su cara. Había sido muy estúpida. Al parecer se le notó en la cara que no le gustaba no haber sido la primera y le explicó quién había sido la otra, la pequeña Callie, Eden hablaba bastante más de su hermana y sus estudios que de su hermano, aunque más o menos a la par. De todos modos, sabía que quería a ambos. Recordó que debía tener la boca cerrada en lo que al trabajo de Eden se refería, le había dicho que ni una palabra a sus hermanos, y ella era buena amiga y no lo diría. Rió al escuchar como hablaba de su hermano. —Y yo tengo derecho por… por amistad. —se limitó a contestar, sin saber bien que decir. Sí, todos pasaban mucho tiempo en la calle, ya fuera por gusto, por trabajo o porque no soportaban estar metidos en casa. Pero la mayoría de, como mínimo, adolescentes, te los podrías encontrar en la calle haciendo gamberradas, hablando o magreándose con otro. Sí, típico de la zona sur de Chicago. Derion, debería acordarse, no todos los días un chico la ayudaba por nada a cambio, y debía agradecerlo como mínimo acordándose de su nombre. Fue Derion el que encendió la luz y mostró su desastrosa casa en todo su esplendor, pero no debería importarle. Él la excusó, diciendo que su salita estaba peor y sonrió agradecida, le gustaba que la animaran en ese tipo de cosas, que dijera que no estaba mal. Cuando se sentó, ella sonrió y se dirigió al baño, yendo a buscar el botiquín. Una vez allí, sacó gasas, el agua oxigenada tras debatirse si era eso o el alcohol y algodoncitos para echarle el químico en la herida. Volvió lo más rápido que pudo y se sentó a su lado. —Dame la mano. —le dijo, sin esperar y tomándola ella. —Te escocerá un poco. —le avisó, vertiendo agua oxigenada en el algodón y tocando su piel.

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Que les jodan.

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Se movía sin tapujo alguno por las aceras de la calle. De vez en cuando, daba brincos como si se tratase de la niña esa de los dibujos japos tan retros. La Heidi, esa.—Iole, le, le. Le, le, jiju. ¡Abuelito dime túuuuuuu! ¿Por qué tengo este pollón? Abuelito dime túuuuuu, ¿por qué Reick es tan mamón?—canturreó de forma feliz, intentando imitar el ritmo de la canción original. Saludó a un grupo de críos que le aplaudían con viveza y le mojaron la espalda con sus pistolas de agua.—¡Tenéis suerte de que haya ido al baño antes, capullos! U os meaba toda la boca—les replicó, aunque seguía riéndose como si nada. Una voz, bien aguda, le detuvo en sus andanzas fantásticas.—¡Eh, Lilio!—la saludó, sin un mínimo de vergüenza mientras llevaba sus manos hasta detrás de su espalda.—Oh, pensé que ya lo conocías. Pero bueno, claro que lo hago. Fluffly, esta es Lilio. Su coñito es tan perfecto y rosado que te entran ganas de llorar y eyacular al mismo tiempo. Lilio, este es Fluffly. Una buena arma que siempre está cargada y funcina sin balas. Oh, ahora que me acuerdo, me debéis todos 250 pavos.—dio unas palmadas, victorioso.

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Rió, claro que lo conocía, pero no se le había ocurrido nada mejor que decir. Sólo esperaba que no se pasara con lo que pedía, pues poco tenía que pudiera interesar al chico. Al escucharlo rió, dejando de mirarle el pene. —Siempre estará cargada, pero para que funcione hay que calentarla y a veces es un coñazo. —y soltó una carcajada, coñazo, a veces lo que la calentaba era un coñazo, podría tomarse así. —Y no me llames Lilio, como mucho Lily. —le espetó, sin bajar la mirada para no toparse con… Fluffy. Y se descompuso, 250 pavos, no, cualquier cosa menos eso. No tenía dinero, no podía pagarle. —Mickey, no. No tengo dinero y lo sabes. ¿Cómo se supone que te voy a pagar? —no podía, si le pagaba ahora que no podía acostarse con nadie, perdería gran parte del dinero ahorrado hasta que el hombre le pagara tras la fiesta, pues sólo le había dado un adelanto.

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Que les jodan.

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Se pensaban que no iba a tener los suficientes cojones de salir en bolas al barrio. Já, qué ilusos. Él era demasiado caradura y despreocupado para estar pendiente de las caras de estupefacción que ponían los vecinos al ver su cosita colgando libremente por ahí.—¡Hey, señora Johnson! ¡Apuesto a que está pensando que era más grande que la de su marido! Aw, pobre. Bueno, ¡ya sabe donde está mi numerito por si quiere un baile especial!—y comenzó a silbar, como si simplemente estuviera dando otro de sus muchos paseos matutinos.

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Estaba hasta los cojones de comportarse como una señorita. Andar recto, ropa elegante, no poder acostarse con nadie… ¡Había rechazado a cuatro clientes en lo que iba de día! ¡Cuatro! Salió a tomar el aire un rato, para despejarse cuando vio un espectáculo importante. Mickey estaba desnudo, en pelotas, por mitad de la carretera. Recordó aquella noche, no hacía mucho, en la que tanto ella como unos amigos se apostaron lo que él quisiera a que no tenía huevos a salir en pelotas. Y habían perdido la apuesta. —¡Mickey! —lo llamó. —¿Me presentarás a tu amiguito? —preguntó, mirando directamente a su miembro.

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